Durante décadas, la figura del DJ-productor funcionó como un ideal implícito dentro de la música electrónica. Quien tocaba debía producir; quien producía debía tocar. Ese modelo, que ayudó a construir legitimidad cultural en los márgenes, hoy muestra signos claros de fragmentación.
La profesionalización del sector, la expansión del circuito global y la especialización técnica transformaron el oficio en un entramado de roles diferenciados.
El DJ contemporáneo, especialmente en contextos de alta exposición, opera cada vez más como curador, performer y gestor de su propia marca. La técnica de mezcla ya no es el único valor: programación, lectura del público, narrativa del set y presencia escénica ocupan un lugar central.
En ese esquema, la producción musical deja de ser una condición necesaria para tocar y pasa a ser un atributo opcional, a veces delegado, a veces inexistente.En paralelo, muchos productores que sostienen gran parte del sonido contemporáneo no pisan una cabina.

Algunos por elección estética, otros por limitaciones estructurales: costos de gira, barreras de acceso, falta de contactos o simplemente desinterés por el formato del show. Su trabajo se concentra en el estudio, en el diseño sonoro, en la construcción de catálogos que luego son interpretados por otros.
La visibilidad, en estos casos, no siempre acompaña al impacto real de su obra.Esta separación de funciones no es nueva, pero sí más explícita. En otros géneros, la división del trabajo está normalizada desde hace décadas.
La electrónica, en cambio, sostuvo durante mucho tiempo el mito del artista integral, en parte como reacción a la lógica industrial tradicional. Hoy, ese relato entra en tensión con una realidad donde la música se produce de forma colectiva, distribuida y altamente especializada.
La fragmentación del oficio también expone desigualdades. DJs con alta rotación de fechas pueden prescindir de una obra propia sin afectar su posición en el circuito, mientras productores con fuerte identidad sonora permanecen en segundo plano.
El mercado premia la circulación antes que la autoría, la visibilidad antes que el proceso. En ese contexto, la pregunta ya no es quién hace qué, sino qué funciones son reconocidas y cuáles permanecen invisibles.Más que un síntoma de decadencia, esta fragmentación revela un cambio estructural.
La música electrónica dejó de ser un territorio de roles fijos para convertirse en un ecosistema de tareas interdependientes.
El desafío no pasa por restaurar un ideal romántico del pasado, sino por discutir con mayor transparencia cómo se produce, se interpreta y se legitima la música en el presente. Porque entender el oficio hoy implica aceptar que ya no es uno solo, sino muchos, y que esa diversidad también redefine qué significa “ser artista” en la electrónica contemporánea.