¿Qué tan importante es separar a la obra del artista?

¿Qué tan importante es separar a la obra del artista?

La pregunta no es nueva, pero en la era digital adquiere un peso distinto. Hoy, cada gesto público, cada declaración o comportamiento personal de un artista se entrelaza con su producción cultural y condiciona la forma en que la audiencia la recibe. En la música electrónica, donde la identidad y la figura del DJ están íntimamente ligadas a la experiencia colectiva, el dilema se vuelve inevitable.

Casos como los de Ten Walls o Erick Morillo reavivan una discusión que atraviesa toda la historia de la música: ¿hasta qué punto los actos de una persona deben determinar la permanencia o el valor de su obra? Wagner, Miles Davis, Kanye West o Michael Jackson ya habían dejado abierta esa grieta entre el genio creativo y la ética individual.

La cancelación como síntoma de época

Las redes sociales transformaron la moral en un terreno público. Lo que antes se resolvía en silencio o en ámbitos privados hoy se ventila en tiempo real: denuncias, cancelaciones, silencios institucionales. La industria electrónica, que durante décadas se movió en circuitos alternativos, se enfrenta ahora a los mismos dilemas éticos que la cultura pop mainstream: cómo reaccionar, a quién sostener, qué comunicar.

En este punto, vale precisar de forma clara qué ocurrió con los casos que suelen usarse como referencia y que nunca deben darse por sabidos.

En junio de 2015, Ten Walls publicó en Facebook una serie de diatribas condenando la homosexualidad y comparándola con la pedofilia. A raíz de sus declaraciones, fue excluido de múltiples festivales internacionales. Su agencia de representación, Coda Music Agency, anunció que dejaba de trabajar con él. Artistas como Fort Romeau retiraron su apoyo público y cancelaron presentaciones compartidas, como la programada en la sala Koko de Londres.

Los festivales Pitch (Países Bajos), Pukkelpop (Bélgica), Dockville (Alemania), Creamfields (Reino Unido) y Sónar (España) confirmaron públicamente su decisión de cancelar sus actuaciones. También recibió críticas de activistas LGBT lituanos, su país de origen. Tres meses después, en septiembre de 2015, Ten Walls emitió una disculpa formal calificando sus comentarios como “completamente fuera de lugar”.

El caso de Erick Morillo tomó otro rumbo, con acusaciones de agresión sexual que tuvieron consecuencias aún más graves. En diciembre de 2019, una DJ lo denunció por agresión sexual en su casa de Miami Beach. Morillo negó los cargos, pero se entregó a las autoridades mientras avanzaba la investigación. Un kit de violación dio positivo para su ADN, lo que aumentó la presión pública y judicial. Tras su arresto, surgieron informes de otras acusaciones de agresión sexual. El 1 de septiembre de 2020, menos de un mes después de su última detención, Morillo fue encontrado muerto en su casa. El forense determinó que la causa fue toxicidad aguda por ketamina, con MDMA y cocaína como factores contribuyentes.

Estos hechos marcan la dimensión real del debate. No se trata de malentendidos ni polémicas pasajeras: son comportamientos graves, verificados y documentados, que obligaron a la industria a responder.

La tensión entre la pista y la conciencia se vuelve estructural. ¿Puede el público disfrutar un set de un artista acusado de violencia? ¿Puede una productora sostener su nombre en el cartel sin quedar expuesta? Separar al artista de la obra no significa justificar, relativizar ni olvidar. Significa reconocer que la creación puede trascender a su autor, sin que eso borre su responsabilidad. Pero aceptar eso exige una mirada crítica: no de consumo ingenuo, sino de conciencia y contexto.

El arte, el ego y la sombra

Nick Cave escribió alguna vez que “el arte y el artista están entrelazados, porque el arte es la esencia del artista hecha manifiesta”. En la música electrónica, donde el anonimato y la identidad se mezclan constantemente, esa frontera es más difusa que nunca. La expansión global del género trajo visibilidad, pero también expuso las contradicciones humanas detrás de cada nombre artístico.

El músico Brian Eno dijo: “La música es más grande que sus autores”. Tal vez ahí esté la clave. La obra puede sobrevivir a sus sombras, pero el modo en que la recibimos ya nunca será el mismo. Escuchar implica también decidir: qué valores sostenemos, qué historias aceptamos y cómo construimos memoria cultural sin borrar las heridas.

De los íconos al debate público

Los excesos y abusos que antes se naturalizaban hoy son señalados con razón. Sin embargo, cuando el juicio ético se impone sobre la escucha, el arte corre el riesgo de volverse un campo de censura y miedo. En medio de esa tensión, sellos, festivales y medios se ven obligados a repensar su rol: ya no alcanza con programar talento; hay que asumir una posición frente a los comportamientos que lo rodean.

Una decisión cultural

En definitiva, separar o no al artista de la obra no es una respuesta moral, sino una decisión cultural. Una que define cómo escuchamos, qué elegimos preservar y qué tipo de vínculo queremos tener con la música que nos acompaña.

Porque más allá de los nombres, los géneros o las polémicas, la pregunta sigue ahí, resonando entre los beats:

¿podemos —o queremos— separar al artista de la obra?

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